The unexpected trip

Me encanta cuando te ponen una biblia al lado de la cama.

Todo está aderezado de una forma que parece seleccionado con el mejor gusto y pensado delicadamente para satisfacer las necesidades de una persona que quiera disfrutar de la clase alta. Ese estilo de vida que dicen que define lo rico de lo vulgar.

Creo que poca gente realmente adinerada va a un Hilton, sin embargo, la mayor parte de la gente de clase media sueña con ese lujo. Igual que la mayoría de la humanidad sueña con llegar a algo y contarlo, mostrarlo, hacerse una silfie con ello, compartir en las redes sociales su momentazo, restregárselo por las narices al de al lado. Eso es lo que define la verdadera vulgaridad: el que seas más feliz viendo cómo el resto te envidia.

Donde muchos habrían estado publicando a los cuatro vientos su viaje al otro lado de los océanos, yo me mantuve con la boca callada. Tan callada que cuando me dijeron que viajaba en primera me dio vergüenza, tan callada que hasta que alguien no me dijo “¡joder, qué bien te lo vas a pasar!” no pensé “Pues es verdad”. No es que quisiera mostrar y disfrutar de la envidia de la gente, es que, aunque fuese en la semana y media de tiempo con el que lo premedité, me apetecía decirlo y repetirlo para creerme que, realmente, me iba una semana de vacaciones a América del norte.

Puedo añadir una estrellita más a mi colección de ciudades visitadas del mundo, además una estrellita que suma ciudad y país: Vancouver, Canadá.

Vancouver. Me ha encantado, no solo por la ciudad en sí, que es preciosa (me encantan las ciudades en las que salvo el par de kilómetros cuadrados que definen el centro de la ciudad, el resto de miles de hectáreas son casitas con jardín donde uno puede vivir tranquilamente siendo cosmopolita y cuidar de tu huerto) sino también todo, TODO, lo que he aprendido.

Me sentí muy avergonzada cuando entré al museo antropológico de Vancouber en la universidad de Beautiful Culumbia (me encanta lo de beautiful) y descubrí que no sabía nada sobre las primeras naciones (que ahora se les llama así) pero menos aún de su cultura y de cómo la nuestra había arrasado con lo que tenían. Me sentí súper triste, además, de formar parte de una cultura que, como un niño que aplasta una hormiga sin dudarlo dos veces, nuestros antepasados habían aplastado a esos indígenas y habían reformulado un nuevo comienzo para una tierra que llevaba cientos de años funcionando. No solo pasamos por alto sus razones y valores, no solo violamos, destruimos, arrasamos y empequeñecimos su forma de vida, también la intentamos dominar y enmudecimos sus lamentos quitándoles la razón y tachándolos de salvajes como si fuesen un animal al que amaestrar.

Y ellos ahora se resienten y solo piden que se les deje seguir practicando sus costumbres. En 200 años de convertir sus bosques de árboles en bosques de hormigón, de vejar sobre la naturaleza y, por lo tanto, sus creencias (¡lo que somos capaces de cambiar en tan poco tiempo!) lo único que quieren es que se respete la naturaleza y que la gente aprenda a valorar cosas que van más allá de lo exterior.

Y aquí volvemos, a la habitación del Hilton con arquetipos de diseño que mezclan el neoclasicismo con los 80, en una habitación que huele a café aguado. Un hotel en el que, a pesar de freírte todo en mantequilla, defiende el bienestar y la forma física con un gimnasio que apenas hay tres máquinas.

A veces no sé qué pretende esta humanidad más que mostrar. Todos somos más sociales cara a fuera y más individualistas hacia adentro.

Mientras me comía las casi cinco horas que me ha llevado al viaje de Vancouver a Seattle me ha dado tiempo a leerme de todo, incluida una revista que me había dado un amigo hacía tiempo con un par de artículos que le habían editado. Una revista que, siendo generalista, es un reflejo de todo lo que esta sociedad crea. ¿Cómo ser crítico con un grupo de personas que quieren sobresalir como artistas cuando la cultura de la que maman está llena de falsos caminos de éxito? Solo intentan lo que pueden dado pasos hacia el estrellado que no estrellato.

Hipercorrecciones, verborrea inconexa y hasta a veces ocurrentemente contradictoria. He dejado de leer al darme cuenta de que me sentía mal como lectora. Luego he descubierto el por qué: me han llamado irrespetuosa, resabidilla, puntillosa y yo sin mediar palabra, sin siquiera conocerme. Pero todo desprendía un hedor a última moda, a stempunk mezclado con bohemiadas en un bar del siglo pasado. Y ahora me estoy volviendo igual de pedante y cargante haciendo una crítica que no tiene nada que ver con el resto del viaje. Pero todo es en sí un círculo de lo que he aprendido: El ego del ser humano es el arma más mortífera, para él y para el resto.

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